Seis aves para seis billetes: la propuesta ambiental del nuevo euro

Europa está decidiendo estos meses qué aspecto tendrán sus billetes de euro. El Banco Central Europeo ha presentado diez propuestas finalistas para la próxima serie de billetes y ha abierto una encuesta pública para que cualquier ciudadano opine. Cinco de esas diez desarrollan un tema que nos toca de cerca: Ríos y aves. 

Si nos fijamos en las diferentes opciones, hay un detalle muy interesante que puede pasar desapercibido. Las cinco propuestas cambian el estilo gráfico, pero no las especies: el BCE fijó en enero de 2025 qué seis fases de un río y qué seis aves ilustrarían este tema. La clave está en que si miramos esa lista con una perspectiva más amplia, es más interesante de lo que parece.

No dibujan un ave: dibujan una ficha de campo

Lo primero que nos llamó la atención al ver las propuestas no fueron las aves, si no todo lo demás que las rodeaba. 

Una de las series imprime junto a cada especie su ficha técnica: nombre común, nombre científico, talla, peso, envergadura y longevidad máxima. Según los datos que el propio billete recoge, el treparriscos pesa entre 15 y 20 gramos y el alcatraz roza los tres kilos y medio. Uno tiene una envergadura de 30 centímetros de ala; el otro, casi dos metros.

Otra propuesta va bastante más lejos, y es la que nos parece más asombrosa. Cruza cada billete con una banda horizontal que contiene, siempre en el mismo orden, cinco cosas: un sonograma, un mapa de distribución, una secuencia de huellas, la ampliación del pie y una pluma suelta. Es el material con el que podemos llegar a trabajar en campo.

El sonograma es la representación visual del canto, una de las herramientas básicas de la bioacústica. Y no es un adorno: en los censos de avifauna, buena parte de los registros no son visuales sino auditivos, porque a las aves se las oye mucho antes de verlas. 

Las huellas, las plumas, las egagrópilas o los restos de alimentación son lo que llamamos indicios de presencia. Bien identificados y bien interpretados en su contexto, permiten documentar especies que casi nunca llegan a verse. Una parte importante del seguimiento de fauna se apoya en este tipo de señales, aunque su peso varía mucho según el grupo y el método de censo.

Y el detalle del pie, que podría parecer un capricho ilustrativo, ofrece pistas sobre cómo se mueve el animal y dónde busca comida: dedos parcialmente palmeados en las que caminan sobre fango blando, membrana entre los cuatro dedos en las que se lanzan al mar, uñas largas y curvas en las que trepan por paredes de roca.

Luego hay una serie que hace algo distinto: junto a cada ave coloca un segundo animal, pequeño y aislado, como un ejemplar de colección. Una mariposa nocturna con el treparriscos, una libélula con el martín pescador, una abeja con el abejaruco, una rana con la cigüeña, una quisquilla con la avoceta y un pez plateado con el alcatraz.

El diseño no explica qué son, y eso tiene su gracia. Se pueden leer como presas, o como los vecinos de cada tramo: la mariposa en la alta montaña, la libélula en el agua dulce, la rana en la vega, la quisquilla en el estuario, el pez en el mar. Nosotros nos inclinamos por lo segundo, o más bien por las dos cosas a la vez.

En cualquier caso, dicen lo mismo. Un ave no está donde el paisaje parece adecuado, está donde encuentra lo que necesita: alimento, sí, pero también dónde criar, dónde refugiarse y un ciclo que pueda completar. Un martín pescador no necesita un río; necesita un río con peces, orillas donde excavar y agua en la que pueda ver.

Una tercera serie prescinde de todo dato y elige el camino contrario: contar comportamiento. Ahí los abejarucos aparecen en grupo sobre una misma rama, como corresponde a una especie colonial. Las avocetas barren el agua somera con el pico curvado, que es exactamente su técnica de alimentación. La cigüeña asciende trazando espirales, la forma en que estas aves aprovechan las corrientes térmicas para volar sin apenas batir las alas. Y del martín pescador se ven las ondas concéntricas que deja el picado.

La que más lejos lleva la idea usa los propios elementos de seguridad del billete como recurso infográfico: cada holograma señala en qué tramo del río estamos y qué ave le corresponde. Es, sin llamarlo así, una lectura del gradiente longitudinal del río: la manera en que cambian su forma, su dinámica y su fauna desde la cabecera hasta la desembocadura.

Medir, rastrear, alimentar, observar, situar. Cinco formas de conocer a un animal, repartidas entre las propuestas. Ninguna sobra.

Un río entero, ordenado por valor

Si colocas los seis billetes de menor a mayor, no tienes seis paisajes sueltos: tienes un río completo. Del manantial de montaña del billete de 5 euros hasta el mar abierto del de 200, pasando por la cascada, el valle encajado, los meandros y la desembocadura.

Es una idea sencilla y bastante exacta. Un río no es una suma de tramos independientes: lo que ocurre arriba condiciona lo que llega abajo, y cada tramo tiene su propia forma, su propia dinámica y su propia comunidad biológica. En nuestro trabajo diario esa es una obviedad; en un billete, es una lección divulgativa de la que no se suele hablar.

Y luego están nuestras protagonistas: las aves. Ninguna está elegida al azar. Cada una necesita que se cumplan unas condiciones muy concretas para estar donde está.

5 € – El manantial y el treparriscos

Empezamos arriba del todo. El treparriscos (Tichodroma muraria) es un ave de roquedo, discreta y difícil de ver, que recorre paredes verticales de alta montaña buscando insectos en las grietas.

Su interés como señal está en la especialización. Depende de unas condiciones de temperatura, precipitación y nieve acumulada muy concretas, y aunque desciende en invierno a gargantas y cortados de menor altitud, para criar necesita la alta montaña.

10 € – La cascada y el martín pescador

El martín pescador (Alcedo atthis) es el ejemplo clásico de bioindicador fluvial, y con motivo: para vivir en un tramo necesita tres cosas a la vez. Agua con visibilidad suficiente, porque caza al acecho y localiza a sus presas a la vista. Peces pequeños suficientes, lo que implica que el tramo mantiene una comunidad de peces. Y taludes de tierra donde excavar el túnel en el que cría.

Esa combinación es lo que lo hace tan útil: no informa de un parámetro, integra varios. Un río puede dar bien en una analítica puntual y aun así no tener martines pescadores, porque le falte estructura de orilla o alimento.

Está incluido en el Anexo I de la Directiva Aves, la categoría reservada a las especies que requieren medidas especiales de conservación de su hábitat. Y no es un detalle burocrático: SEO/BirdLife lo señala como una de las especies más damnificadas por el deterioro de las aguas dulces españolas en las últimas décadas. 

20 € – El valle y el abejaruco

El abejaruco (Merops apiaster) cría en colonias excavando galerías en paredes de arena y limo, muchas veces en los cortados que el propio río genera en sus orillas. Una de las propuestas lo dibuja tal cual: el ave posada delante de un talud picado de agujeros, que son las bocas de los nidos.

Aquí la señal ya no está en la calidad del agua, sino en la disponibilidad de taludes desnudos y excavables. El abejaruco los encuentra en orillas modeladas por el río, pero también en barrancos, canteras, cárcavas o desmontes de carretera, y de hecho parte de sus colonias ocupa hoy taludes de origen humano. Cuando cría en una ribera natural, la colonia confirma que ese microhábitat sigue existiendo; lo que no puede es servir por sí sola para medir la dinámica sedimentaria del cauce. Es un matiz que conviene tener claro, porque la tentación de leer una colonia como un certificado de naturalidad es fuerte y no se sostiene.

50 € –  Los meandros y la cigüeña blanca

La más reconocible de las seis. La cigüeña blanca (Ciconia ciconia) no depende del cauce en sí, sino del mosaico que lo rodea: prados húmedos, vegas, humedales, campos abiertos donde encontrar anfibios, insectos y micromamíferos.

Tiene además un valor añadido como señal: su comportamiento ha cambiado a la vista de todos. Buena parte de las cigüeñas ibéricas ya no cruza a África y pasa el invierno aquí, un cambio ligado sobre todo a la disponibilidad continua de alimento en vertederos, arrozales y otros espacios transformados, y también a inviernos más benignos. Cuando una especie modifica algo tan estructural como su migración en apenas unas décadas, ese cambio es en sí mismo un dato.

100 € –  La desembocadura y la avoceta

La avoceta (Recurvirostra avosetta) tiene un pico curvado hacia arriba que barre el agua y la superficie del fango de lado a lado, capturando al tacto pequeños invertebrados y crustáceos. Es una técnica que funciona sobre todo en láminas de agua someras y fondos blandos, aunque la especie también se alimenta de otras formas.

Por eso vive donde vive: marismas, estuarios y salinas, y también algunos humedales interiores de agua dulce. Y por eso es tan buen indicador de gestión, más que de naturalidad. Muchos de esos ambientes son espacios trabajados por el ser humano, y la avoceta responde a cómo se manejan los niveles de agua y a que haya fangos, orillas e islas disponibles. 

200 € – El mar y el alcatraz

Cierra la serie el alcatraz atlántico (Morus bassanus), el ave marina más grande del Atlántico Norte, capaz de plegar las alas y lanzarse en picado al agua desde decenas de metros. No cría en nuestras costas, pero pasa por ellas: durante la migración y el invierno se observa desde la costa cantábrica y gallega. 

Depende de bancos de peces pelágicos, y parámetros como su éxito reproductor, su dieta o la distancia de sus viajes de alimentación se emplean como señales de lo que está pasando en el ecosistema marino. El episodio de gripe aviar de 2022 lo dejó claro: afectó gravemente a colonias del Atlántico Norte y llegó a detectarse en ejemplares recogidos en la costa peninsular.

Lo que dicen las seis juntas

Con una salvedad que conviene decir en voz alta: ninguna especie funciona por sí sola como una analítica ambiental. Interpretar su presencia, y sobre todo su ausencia, exige censos adecuados, contexto territorial y conocer su ciclo biológico, porque no ver una especie no significa que no esté. Cada una aporta una pieza del diagnóstico, no el diagnóstico entero.

Dicho eso, puestas en fila estas seis especies se parecen mucho a un cuadro de indicadores: montaña y clima, calidad del agua, disponibilidad de taludes de cría, mosaico agrario, gestión de humedales y estado del mar. Seis preguntas distintas sobre un mismo sistema.

En TAXUS trabajamos precisamente en esa traducción: convertir la presencia o la ausencia de una especie en información utilizable. Por eso nos gustaría que el tema ambiental fuese el elegido. Pero, más allá del resultado, el ejercicio ya ha servido para algo: hacía mucho que no se hablaba tanto de treparriscos y abejarucos.

La encuesta del BCE está abierta hasta el 21 de septiembre y se puede responder desde su web. La decisión final se espera a finales de año.


Sobre las imágenes. Todos los billetes reproducidos en este artículo son propuestas de diseño preseleccionadas por el Banco Central Europeo dentro del concurso para la próxima serie de billetes de euro. No son diseños definitivos ni aprobados: la decisión final se espera a finales de 2026. Las imágenes son propiedad del BCE y se utilizan aquí con fines exclusivamente informativos y divulgativos. Fuente: Banco Central Europeo. 

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